"Es
absurdo que deba salir a las Seis y Treinta para tomar un bus que solo pasa hasta las Siete y Treinta", pensaba mientras veía correr mi
reloj sin señas de la 402 Lijaca, que me dejaría a dos cuadras
(medida bogotana, es decir Laaaaarrrgassss), de la oficina.
Teniendo
en cuenta la hora, no había más que tomar un taxi con
el único referente que me dejara cerca de un centro comercial y
de ahí caminar las dos cuadras que igual tendría que
hacerlo si fuera en bus, gracias a mi negada facultad de orientarme por
direcciones sino a punta de locales y lugares.
Sin
embargo, lo que consideré un hecho poco probable se convirtió en
realidad, el famoso bus, que estaba por determinar cómo fantasma apareció y se
estacionó en frente mío, acto seguido las personas que estaban a mi alrededor
se agolparon en la puerta con la firme decisión de subirse a él, sin importar
que hubiese que pisar o empujar.
Así
fue como inicio mi chocoaventura del día en una ciudad casi
desconocida, lejos de mi hermoso llano, las cortas distancias y en especial de
mi amenaza
roja.
Siguiendo
el ejemplo de mis congéneres me arme de valor y me hice subir a la
fuerza al bus, después de esperarlo por más de una hora, no
me perdonaría a mí misma dejarlo pasar, finalmente esta vez
no había mamá que me llevara al colegio (aquella época en
la que habitaba por esta ciudad), ni primos o hermana que me trasladara.
Una
vez en el bus, la esperanza de tomar asiento fue nula, los asientos estaban
ocupados con múltiples rostros con miles expresiones. Sueño,
pensamientos, dolor, mal genio, o simplemente como la chica de cabello extra
largo desconectada del mundo hasta que llegará al lugar de su parada, señores
de trajes, chicas con medias veladas, y peinados perfectos, que en mi ciudad
seria común verlos en carros ultimo modelos, aquí comparten asiento
con el obrero, el ama de casa y el portero.
Mi
estatura me hace casi perdidiza en el tumulto de gente que se incrementa en
cada estación, todos con la misma esperanza de subirse en ese bus, que
pareciera, hacernos un favor por transportarnos así sea encima del
capó en lugar de prestarnos un servicio público, a duras penas alcanzo a
tocar la barra de arriba, ya que las manos se aferran a los bordes de las
sillas negándome esa oportunidad Silenciosamente pasamos
de mano en mano el pasaje de alguien que ha corrido la suerte de subirse
"por la puerta de atrás y honradamente lo cancela,
otro, más consciente que técnicamente no disfrutará del
servicio completo solo envía un billete de mil.
Finalmente,
una mano bondadosa se condolida de mí y me ofrece llevar mi maleta, que, desde
tiempos inmemorables ha pesado una infinidad así la lleve desocupada
o cambie de diseño, probablemente porque en ella siempre se
cuelan mis sueños. Al llegar a CAFAM de la floresta aborto la idea de tomar
asiento y con el bus un poco más ligero, logro acomodarme mejor, y resignada he
decidido disfrutarme el viaje.
Ya
se acerca mi destino y previendo que no me pase aquello que la parada la hacen
20 cuadras después me acerco a la puerta, timbro y el hecho que
otros pasajeros estén en el paradero para subir, asegura que esto no
ocurra.
Desciendo
y mientras camino las dos cuadras, observo la estación de
transmilenio y pienso que no me fue tan mal, teniendo en cuenta las historias
que me han contado, envidio a la señorita Claudia quien tiene la fortuna de
tener un servicio casi puerta a puerta y poder ir siempre sentada.
Respiro
profundamente y me concientizo, serán solo por unos pocos días, solo
aquellos en los que el pico y placa del carro de mi hermana no permita dejarme
en la oficina, luego retornare a mi pequeña ciudad, donde un trayecto de
40 Minutos puede resultar exageradamente largo, donde llegar a mi trabajo me
toma 8 Minutos, y donde mi amenaza roja y yo nos hemos acostumbrado a convivir.
Un
poco nostálgica....
Ivonne
Martínez
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