martes, 29 de enero de 2013

Mis chocoaventuras en el Bus urbano



"Es absurdo que deba salir a las Seis y Treinta para tomar un bus que solo pasa hasta las Siete y Treinta", pensaba mientras veía correr mi reloj sin señas de la 402 Lijaca, que me dejaría a dos cuadras (medida bogotana, es decir Laaaaarrrgassss), de la oficina.

Teniendo en cuenta la hora, no había más que tomar un taxi con el único referente que me dejara cerca de un centro comercial y de ahí caminar las dos cuadras que igual tendría que hacerlo si fuera en bus, gracias a mi negada facultad de orientarme por direcciones sino a punta de locales y lugares.

Sin embargo, lo que consideré un hecho poco probable se convirtió en realidad, el famoso bus, que estaba por determinar cómo fantasma apareció y se estacionó en frente mío, acto seguido las personas que estaban a mi alrededor se agolparon en la puerta con la firme decisión de subirse a él, sin importar que hubiese que pisar o empujar. 

Así fue como inicio mi chocoaventura del día  en una ciudad casi desconocida, lejos de mi hermoso llano, las cortas distancias y en especial de mi amenaza roja

Siguiendo el ejemplo de mis congéneres me arme de valor y me hice subir a la fuerza al bus, después de esperarlo por más de una hora, no me perdonaría a mí misma dejarlo pasar, finalmente esta vez no había mamá que me llevara al colegio (aquella época en la que habitaba por esta ciudad), ni primos o hermana que me trasladara.

Una vez en el bus, la esperanza de tomar asiento fue nula, los asientos estaban ocupados con múltiples rostros con miles expresiones. Sueño, pensamientos, dolor, mal genio, o simplemente como la chica de cabello extra largo desconectada del mundo hasta que llegará al lugar de su parada, señores de trajes, chicas con medias veladas, y peinados perfectos, que en mi ciudad seria común verlos en carros ultimo modelos, aquí comparten asiento con el obrero, el ama de casa y el portero.

Mi estatura me hace casi perdidiza en el tumulto de gente que se incrementa en cada estación, todos con la misma esperanza de subirse en ese bus, que pareciera, hacernos un favor por transportarnos  así sea encima del capó en lugar de prestarnos un servicio público, a duras penas alcanzo a tocar la barra de arriba, ya que las manos se aferran a los bordes de las sillas negándome esa oportunidad  Silenciosamente pasamos de mano en mano el pasaje de alguien que ha corrido la suerte de subirse "por la puerta de atrás  y honradamente lo cancela, otro, más consciente que técnicamente no disfrutará del servicio completo solo envía un billete de mil.

Finalmente, una mano bondadosa se condolida de mí y me ofrece llevar mi maleta, que, desde tiempos inmemorables ha pesado una infinidad así la lleve desocupada o cambie de diseño, probablemente porque  en ella siempre se cuelan mis sueños. Al llegar a CAFAM de la floresta aborto la idea de tomar asiento y con el bus un poco más ligero, logro acomodarme mejor, y resignada he decidido disfrutarme el viaje.

Ya se acerca mi destino y previendo que no me pase aquello que la parada la hacen 20 cuadras después  me acerco a la puerta, timbro y el hecho que otros pasajeros estén en el paradero para subir, asegura que esto no ocurra.

Desciendo y mientras camino las dos cuadras, observo la estación de transmilenio y pienso que no me fue tan mal, teniendo en cuenta las historias que me han contado, envidio a la señorita Claudia quien tiene la fortuna de tener un servicio casi puerta a puerta y poder ir siempre sentada.

Respiro profundamente y me concientizo, serán solo por unos pocos días, solo aquellos en los que el pico y placa del carro de mi hermana no permita dejarme en la oficina, luego retornare a mi pequeña ciudad, donde un trayecto de 40 Minutos puede resultar exageradamente largo, donde llegar a mi trabajo me toma 8 Minutos, y donde mi amenaza roja y yo nos hemos acostumbrado a convivir.

Un poco nostálgica....

Ivonne Martínez 

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