Sin miedo a equivocarme, me atrevería a decir que el 90% de los seres humanos lleva consigo algún trauma de infancia, en un alto porcentaje se deben a animales, tales como perros, gatos, loros e inclusive tortugas, con los que se tuvo un encuentro o una relación no muy agradable.
Existe otro grupo, a quienes un aroma, o lugar les hace recordar un momento determinado que preferirían olvidar. En mi caso, mi trauma de infancia está relacionado con el uso de un término – NENA - . Si, así como es probable que usted no tolere estar cerca de un gato o un perro, cada vez que escucho la palabra NENA, refiriéndose a mí, se activa un corrientazo que transita por toda columna vertebral terminando debajo de la cabeza con una punzada profunda.
Dicha situación tiene su origen en mi tierna infancia, a principios del 90, en esa época y caracterizándome por ser quisquillosa (más de lo que soy actualmente) me obsequiaron un vestido rosado que en la parte delantera tenía un sobre pecho; en él, había dibujado una figura de una niña con la expresión nena. No recuerdo el momento exacto en que lo empecé a odiar, pero si, lo mucho que me molestaban mis primos cada vez que usaba ese vestido.
- NENA!!!, umm pero que, si me refiero a lo que dice el vestido
- Va pasando la NENA, no es a usted es al vestido.
Y como todo vestidito rosadito lindo, solían ponérmelo seguido para ir a visitar a la familia, por detalles como esos me alegro con toda la profundidad de mi alma que los niños de hoy en día gocen del derecho de elegir que usar y cuando usarlo.
Dicha historia se repitió, una y otra y otra vez. Algo parecido al traumático momento cuando los dientes de leche empiezan a caerse, (seee ven el escozor que produce?). Al final de cada tarde con ese vestido, terminaba en una esquina de la casa hecha un mar de lagrimas con la promesa de no volver a visitar a la tía (cosa que nunca ocurrió) y regañada por mi mamá por pelear con mis primos, puesto que tanto sirili sobre el asunto, terminaba por sacar el sayayin que llevo dentro, haciendo la patalela de – No me molessteeee e irme a golpearlos – aunque esta actitud no es aceptable, imaginen el nivel de desesperación alcanzado.
Afortunadamente, un día crecí y el vestido, como gran parte de mis cosas de infancia tuvo un final feliz, donaciones para los desplazados, quedó en manos de una niña que si lo quería, a esta fecha, creo que solo queda el recuerdo de lo que fue y el problema que tan famoso diseño, sumado al hobbie de mis primos, causo en mi.
Como todos los traumas, este tiene un tratamiento similar, reconocerlo, aceptarlo, asumirlo y tratar de superarlo. Podría decir que con este escrito espero cumplir con las tres primeras, sin embargo intentar superarlo va resultar más complejo, aún más cuando se cuenta con EL AMIGO que indiscriminadamente hace uso del término, aún sabiendo lo mucho que me molesta, peeerooo, amigos son amigos, se les acepta con sus virtudes y defectos, sus razones tendrá, podría pensar partiendo del principio de la buena Fe, que simplemente me está ayudando mediante una terapia de Shock; mmm si claro eso solo me lo creo yo, con el único fin de tratar de defenderlo. Mientras, continuaré en mi intento por adaptarme a escuchar tan común, pero para mí, desesperante palabra.
No siendo más el motivo de la presente, hasta una nueva oportunidad
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