Durante estos años he tenido relaciones inolvidables, aquellas que se quedan en el corazón y en los gratos recuerdos, otras, clasificadas como insoportables y complicadas, sin embargo la que hasta ahora se lleva el premio sin dudar, fue la que inicié con una Akt 125 Roja, de placas OKP 46 A, más conocida como Ranger “La Amenaza Roja”.
Todo inicio un Diciembre de 2009, cuando meditaba sobre varios aspectos relacionado con las motos de mis compañeros; la manera de conducir de cada uno de ellos, el ejercicio que me ahorraría si contara con una y la más importante, no tener que deber el favor cuando amable o forzadamente me llevaban a algún lugar. Sin embargo estaba el paradigma de casi 20 años donde siempre me había dicho a mi misma lo peligrosas que eran las motos, lo mucho que se exponía quien las manejaba y que nunca tendría una. (El primer al pin pause de esta historia, este aspecto me enseño lo importante de las programaciones mentales, hay que tener mucho cuidado con ello, puede pasarte factura más adelante si lo usas de forma negativa).
Inclusive para mí fue una sorpresa cuando decidí hacerlo, tome parte de mis ahorros y sin mucha experiencia en cuanto a maquinas ni sistemas de financiación elegí una con la que me sintiera cómoda, para conducir y desde luego pagar.
Recuerdo el primer día que la vi, fue un 13 de marzo, estaba allí en el concesionario, toda roja reluciente y aunque no me desagradaba; por pasión, vocación y tradición, el azul ha sido por décadas mi color preferido, y aunque no muy contenta con la idea, tuve que conformarme con ese tono. Ahora que escribo estas líneas pienso que quizá ella supo esto, haciendo aún mas difícil compaginar; además, agreguen el hecho que su primera vez (de ser conducida en la calle) no fue con migo. Debo confesarlo, hago parte de la larga lista de conductores formados en la calle, a quienes en un acto de irresponsabilidad les entregaron licencia de conducción sin ni siquiera saber cómo se encendía.
Así que una vez en su nuevo hogar, y como todo juguetico nuevo, había que estrenarlo. Yo pensaba que eso era soplar y hacer botellas, sabia montar bicicleta y había hecho mis pinitos en la automática de mi hermana, pero la vida me tenía preparada una lección sobre la paciencia y aprender a dejar mi afán por la inmediatez.
Mi larga lista de profesores inician con Julián y Andrés, mis vecinos policías, quienes me enseñaron lo básico, en simultanea, que encienda, que luces, que el cambio, que acelere, ahh no olvide la pata, apenas si asimilaba el tema del cambio cuando tenía que estar pendiente de todo lo demás. TODO AL MISMO TIEMPO!
Así fue que en mi primer intento di una vuelta al parque y luego directo al garaje de mi vecina, que sucedió?, el pequeño detalle de olvidar que el freno estaba abajo en el pie derecho e intentar estabilizar la moto al mismo tiempo. Resultado de la operación; un pequeño rayón y un gran negro en la pierna. Desde ese día, jamás se me ha vuelto a olvidar donde queda el freno, pero por un tiempo adquirí un tic que consistía en levantar la mano del acelerador al frenar, causando la impresión que pedía la palabra en cada esquina en que frenaba.
Un segundo intento tuvo como protagonista a una amiga, según su teoría de conducción, la mejor manera de aprender era con pato abordo, este daba estabilidad y estaría presto a atender ante cualquier emergencia. Así fue, que con un peso adicional, reiniciamos las clases, íbamos bien, hasta cuando nos adentramos a las profundidades de unas cuadras mas allá de mi barrio, y al salir a la paralela, solo vi los huecos y la arena que me esperaban, fue entonces cuando el pánico se apodero de mi por lo que me había ocurrido días atrás, solté el manubrio, recuerdo haber dicho – ¡no se qué hacer! , no sé que ha…., para, segundos más tarde, terminar encima de un pastal, que para mi fortuna media más de 40 cm, viendo como la moto seguía sin nosotras; con una sandalia de mi amiga extraviada y mas adolorido que el ego que mi pie, estábamos allí, las dos tendidas en el suelo, me levante, y tanto a amiga como moto, las deje botadas. Mi cuerpo alérgico a esa pelusita, se broto, mientras mi rodilla empezó a sangrar. Ivonne 0 – Akt 2.
El tercer intento ocurrió en un bello día soleado, en el que mis padres, cual niña en bicicleta me sacaron al parque a dar una vuelta, así que empecé primero alrededor, de nuevo más lejos, un poco más lejos y aun mas lejos. Súper! Empezaba a tener dominio y estabilidad aunque aún el cambio no lo dominaba. Hasta cuando el policía acostado apareció, recordándome que no había subido la pata de la moto, cuando intenté frenar lo que logre fue acelerar, así que me choqué con el frente de la casa de otra vecina y en mi afán por estabilizarla solo lograba chocarla una y otra y otra vez, mientras en la sala, ella y sus hijos me miraban aterrados. Lo demás hasta el día de hoy no lo recuerdo, no supe si fui yo, o el esposo quien en un valiente acto de protección a su familia, apago la moto. Cuando recobre el sentido estaba ya en la calle, encima de la moto, y el señor preguntándome si estaba bien, si claro, por supuesto yo estaba bien, ¡Bien asustada!, una vez evaluado los daños del inmueble que consistieron en un leve golpe a una pared, me marche apenada y con la dolorosa decisión de dejar el deporte de alto riegos por un tiempo. Ah! Por cierto, días después mis vecinos rodearon el frente de su casa con rejas.
Lo que en un principio era divertido se volvió una gran infortunio, si el tema de no poder conducir era un problema, se le sumo el hecho de recibir la total y absoluta desaprobación por haber comprado la moto, de quien por años he considerado un gurú, las instrucciones que emanan de ella son indiscutibles, salvo que tenga buenos argumentos para debatir, y en este caso estaba totalmente desarmada, más que una decisión racional lo hacía ver como el capricho de una niña que se había dejado llevar por la opinión de los demás. Fue más fácil aceptar lo que me decía que contrariarla.
Desde entonces le tome total apatía a la moto, ni si quiera quise volver a intentarlo, por cuatro largos meses, se convirtió en el monumento a la frustración, podría decir que llegue a odiarla, era más cómodo culpar a la maquina, que reconocer que me había acobardado por los percances y prejuicios acontecidos.
Sin embargo, un día, como buena administradora, sentada en la sala de mi casa y admirando mi monumento, sabía que no era una inversión que podía continuar quedándose allí, tenia que sacarle provecho, así no la manejara yo misma. Convirtiéndome entonces en una “motociclista inválida”, por así decirlo, tenía moto, tenía licencia, pero de nada me servía. Varios intentaron paladear mi invalidez, pero desistían al poco tiempo, horarios, distancias, en fin.
Otro día me las di de héroe, al traer mi moto de regreso de una finca a donde habíamos ido a pasar el día, llevarla fue fácil, Arturo amablemente se ofreció, pero el retorno implicó cual escolta de alta seguridad presidencial, una caravana que iniciaba con el carro de Juan Diego y Moni Adelante, luego yo, finalizando con Carlos y el Carro de mi jefe, creo que ese día alcanzamos los 40 km/h. Inclusive para mi era lento. Ahh sin olvidar a Diana B, que sin pase, se arriesgo a sacarla hasta la pavimentada, los caminos en piedra no eran mi fuerte.
Aquí es cuando entra en juego dos factores, por un lado la frase de –nena ¿y cómo vas con la moto? , - Súper! Ya me defiendo, (si claro, era más fácil mentir, que reconocerle a alguien que siempre le he tenido celo profesional que algo me había quedado grande), y Mónica Arismendi, quien aplicando la misma psicología que suelo usar, me regañaba todos los días y cuantas veces podía por tener la moto estancada, perdiendo tiempo y dinero.
Una vez más me arme de valor y decidí iniciar de nuevo, para esta ocasión Carlos Lopera habría de intervenir para convertirse en uno de mis angelitos de la guarda en la vía. El acuerdo consistía en que todos los días iba a recogerme a la casa, (aunque varias veces llego tarde, terminando por ser, solo, algunos días), y abrirme paso, luego cambio la modalidad, al darse cuenta que llegaba solo, dejándome muchos metros atrás paralizada de miedo. Sin embargo la segunda táctica le valió mas de un Madrazo, para poder pasar de un lado al otro de la calle él se hacía metros atrás cerrando el paso a los carros, para que tortugin la viera despejada y pudiera pasar, esos primeros días fueron terribles, odiaba los semáforos en rojo y los letreros de pare, ello implicaba frenar y volver a arrancar, cuando ocurría, mis piernas literalmente se ponían de gelatina, un día, cuando una buseta me cerro, pensé que me desmayaba.
Si bien Carlos me recogía en la mañana, Mónica me acompañaba en la noche, todos los días (bueno cuando llevaba la moto), desviaba su camino para acompañarme, recuerdo un día en que cambie de ruta al no poder hacer un cruce, y ella quien se había quedado cuadras atrás no lo supo, fue así que llegó a mi casa y al no encontrarme recorrió una y otra vez el camino de regreso, sin aparecer y con el agravante que mi el celular estaba sin batería. Si tenía alguna lombriz ese día se las maté. Aunque supo cobrármelas, a los pocos días luego de dejarme en mi casa, y por imprudencia de un taxi, se estrelló, y aunque no le causo mayor daño a ella, que una pierna y rodilla lastimada, a la moto si, luego de superar ese impase no fui capaz de pedirle de nuevo que me acompañara.
Así que usar la moto se redujo a los días en que amanecía con ánimo, pero si al finalizar la jornada no quería conducir la dejaba en el parqueadero y viceversa, puesto que siempre había una buena excusa, lluvia, trasteo, ya era muy tarde, en fin. Alcanzo periodos de 15 días, inclusive llegaron a enviarme un correo con una imagen de mi moto, diciéndome que si iba a volver por ella.
Luego de quedarme sin mi angelito de la guarda nocturno, tuve que aprender a defenderme sola, sin que los demás lo supiera, es por ello que cada vez que podían me convertían en el “encarte” del motociclista de turno, debo reconocerlo, nadie llego a comprenderme tanto como Mónica y fueron varios los que tuvieron la obligación, (porque era orden de mi jefe), de llevarme hasta mi casa. El día que le toco a Cristian Camilo fue el más estresante para mi, por ir tan cerca uno del otro, lo único que veía por el retrovisor era la luz de su moto, cegándome, haciendo la tarea de conducir un tris más compleja de lo que era.
Inclusive un día, en el que mi amiguito salvavidas, llego por accidente a la oficina, le tocó el turno de – acompañe a Ivonne hasta la casa- , sin contar con los planes que el tenía, los cuales no me incluían, ni a la amenaza roja, así que la fácil fue, - Ven guárdala que yo te llevo - , en otro momento habría dicho listo, pero en ese instante la superniña había salido a flote, y ya no necesitaba que me acompañaran, así que le dije no te preocupes, yo me defiendo sola, - seguro – sip-, el se fue y yo inicie mi rutina, encender, luces, chaleco, y al dar la vuelta en la esquina estaba esperándome, no se cual era su intención pero lo que hizo fue cerrarme, indignada, con la respiración alterada, frene y le mire, - señor! - , - No, ven en serio guárdala y yo te llevo, no puedes irte sola - , QUE NO PUEDO IRME SOLA!!!!, QUE NO PUEDO IRME SOLA!!! QUIEN ERA EL PARA DECIRLO, y en lugar de cortésmente aclararle que si podía, - terminé en plena calle gritándole – QUE YO ME DEFIENDO SOLA!!!!!!!!!!!!!!-, me miró y me dijo listo, me llama cuando llegue?, yo estaba apenada, pero más aun alterada, y le dije LISTO!! Y arranqué. Cuando llegue a la casa sabía el error que había cometido, pero para eso de las disculpas nunca he sido buena y aunque lo intenté no me salió bien y terminé fue regañándolo, porque no espero a que lo llamara sino que me llamo, (buena campeona!), afortunadamente él ha sido un sol o tiene memoria de pollo, pero el incidente no paso a mayores, dos días después habría de demostrarme que en efecto aun no podía sola, la moto molestó y tuve que llamarlo a pedir auxilio.
Una vez más la moto al garaje, la excusa ya no era que no sabía conducir, sino que la moto estaba dañada. (Aunque yo sabía que la verdad era otra). Hasta que un día, cuando cumplió su primer año con tan solo 1.000 km y el pago del seguro encima, de nuevo el administrador salió a flote, y la relación costo beneficio salió espantosamente mal, así que, a buscar soluciones. Rumbo al mecánico, me dolería aun más el hecho que el arreglo saliera tan solo por $10.000, la famosa varada resulto ser solo mugre en el carburador.
De aquí en adelante las chocoaventuras en ella han sido muchas y variadas, recuerdo una con Carlos León (sip mi amiguito salvavidas), intentando pasar la avenida Puerto López de un lado para el otro, lo que hoy es para mi un evento diario, ese dia fue el caos, recuerdan que Lopera siempre era quien me abria paso?, en ese instante resultaba un poco complejo explicarle a Carlos que debía dejarme ir adelante y abrise paso por entre los carros para que yo pudiera pasar, asi que haciéndome la valiente, deje que el pasara primero, cuando yo fui a hacerlo las piernas se me congelaron y veía como miles de automóviles, busetas, camiones y hasta zorras pasaban. Al otro lado, el me miraba con cara de – bueno hasta que horas-, yo estaba presa del pánico, haciendo que el terminara regresando a mi lado, - ¿Qué paso? – Nada – Entonces? – Estoy esperando a que no pasen carros (bueno en realidad me refería a que se disminuyera la afluencia de los mismos) – Ivonne, LOS CARROS NUNCA VAN A DEJAR DE PASAR, HÁGALE POR EL LADITO! – Duramos casi 15 Minutos esperando, y juro haber visto en sus ojos esa intención de echarse la moto al hombro y a mi debajo del brazo y pasarnos al otro lado.
Tambien me ha tocado mas de un episodio, con el tema de “meter” y “sacar” cambios, bajo el precepto de “eso no se afane que la moto avisa”, hasta ahora no he visto el primer letrero, pero es cierto, LA MOTO AVISA!; el aprender a guardar la moto sin tener que abrir las dos puertas del garaje; olvidar el complejo de tractomula; la caída en plena subida, regresando cuesta abajo; Conseguir un pato con alma de conejillo y no estrellarme en el intento; el señor que me grito, esta borracha! – no señor, es que estoy aprendiendo -; la apagada en plena mitad de la calle; la cerrada por los buseteros y el cerrar nada más y nada menos que una patrulla, lo juro, fue sin intención, menos mal el policía así lo entendió y solo me miro con cara de entiéndala, es mujer, ah! la más reciente fue la semana pasada, mi jefe la golpeo con su carro, afortunadamente no le paso nada.
Hoy en día, creo que ella y yo hemos superado nuestras diferencias, y nos hemos acostumbrado a vivir una con la otra, tanto que ya nos hacemos falta. Convirtiéndose en un vivo ejemplo, de, como lo dice el comercial, las mejores cosas de la vida, toman tiempo, no todo sucede de un momento para otro, ni necesariamente a la primera van a salir bien. A mi literalmente me costó lagrimas, sudor, sangre y morados aprenderlo, y aun me atrevo a decir que estoy en ese proceso. No podemos creer que por que seamos buenos en algo lo tengamos que ser en todo. Por ahora, es hora de terminar, sin embargo estaremos prestos a seguir reportando más chocoaventuras.
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Ivonne